COAHUILA.- El presidente de México Andrés Manuel López Obrador mantiene su apuesta por una postura de “abrazos, no balazos” para enfrentar al crimen organizado, pero después de que hombres armados intentaron invadir un pueblo en el estado de Coahuila, en el norte del país, algunos creen que solo una estrategia contundente podrá evitar el resurgimiento de los cárteles en la región.

El miedo se ha apoderado de los vecinos de Villa Unión, una localidad ubicada a 65 kilómetros de la frontera con Texas, tras el ataque del pasado fin de semana que dejó el centro de la ciudad totalmente acribillado y causó la muerte de al menos 23 personas. Muchos entre los 6.000 habitantes temen un regreso de la violencia que se registró entre 2010 y 2013, cuando los sanguinarios Zetas reinaban la región con secuestros, extorsiones y desapariciones forzadas.

Y estos días han sido un recordatorio de lo que ocurrió en 2011 a tan solo 20 kilómetros del lugar, en el municipio de Allende, cuando una venganza entre miembros de Los Zetas dejó al menos 70 muertos, un número indeterminado de desaparecidos y decenas de casas destruidas o quemadas sin que las autoridades hicieran nada para evitarlo.

“A un narcotraficante no le puedes dar un abrazo y que no te responda con un balazo”, dijo un expolicía local de Allende, que tuvo que huir junto con 14 miembros de su familia debido a las amenazas de Los Zetas.

“Es la única forma de repelerles, la única manera de evitar que estas personas vuelvan a entrar y gobernar nuestros municipios a balazos”, agregó el hombre que pidió el anonimato por miedo a represalias. A su juicio, el ataque a Villa Unión es la muestra de que los criminales “quieren volver a apoderarse” de los pueblos.

Ese era el miedo de Sandra Zedillo, una trabajadora municipal. “Miro todo bien raro, tenemos miedo de que vuelvan”, dijo.

El temor invadió incluso al propio obispo de la diócesis, Alonso Garza Treviño, quien acudió al pueblo a dar apoyo a sus feligreses.

“Siempre está el riesgo”, dijo. “Somos un territorio muy codiciado por muchos grupos”.

El miedo y la impotencia se palpaban el martes durante el entierro de uno de los dos civiles que murió, un bombero y miembro de protección civil. “No es apropiado morir de esa manera”, lamentó Fernando Manzano, un compañero de un municipio cercano que acudió a la ceremonia.