Dice en su carta de renuncia el exdirigente petrolero, Carlos Romero Deschamps, que “tal parece que se ha recrudecido la antigua posición de vernos como contrarios…”.

Lo lógico hubiera sido que en su declaración quitara el “tal parece”, porque desde hace tiempo para quien es el Presidente es uno de sus adversarios. Si no lo vio y entendió fue porque no quiso, no se lo quisieron hacer ver o se autoengañó.

Romero Deschamps corrió el mismo destino de algunos líderes sindicales. Mientras fue útil recibió los reconocimientos, pero ahora con el nuevo Gobierno lo trataron como a Joaquín Hernández Galicia y como a la afamada Elba Esther Gordillo.

A Romero Deschamps lo fueron acorralando. El Gobierno utilizó las viejas formas en las que cuentan más los asuntos que se construyen en torno a los líderes que la opinión de los trabajadores.

El exlíder petrolero perdió de vista que dejó de ser útil. Sus nexos con el pasado priista y los arreglos que hizo con los panistas le permitieron sobrevivir y fortalecerse. Al final terminó siendo cómplice del cúmulo de irregularidades y corrupción que lo tenían sistemáticamente expuesto.

Nadie decía nada porque todos, de alguna u otra forma, terminaban por ser recíprocamente útiles. Su cercanía con Peña Nieto lo hizo aún más fuerte y poderoso, pero hoy es su flanco más débil, el más señalado y el de mayor riesgo.

Si no entendió los mensajes que le mandó el Gobierno durante todos estos meses es que de plano no los quiso ver o le dio por el síndrome del todopoderoso. Olvidó que el poder político pone y quita e incluso, por como se ven las cosas, también mete a la cárcel.

Más allá de la anécdota de lo que ha sucedido con los asistentes a la boda en la “mesa que más aplauda”, Romero no entendió y no vio lo que era evidente que se venía.

Decía el sociólogo estadounidense Wright Mills que para ser líder sindical todo se lo debían a los trabajadores a los que se pretendía representar. También consignaba que en la mayoría de los casos para que el líder sindical se mantuviera en el cargo se lo iba a deber más al poder político y económico que a los trabajadores.

Romero Deschamps tenía más que ver con el poder político que con los trabajadores petroleros. Llegó desde arriba y lo quitaron, en buena medida, también desde arriba.

Su futuro ya entró en los terrenos de la justicia y se vislumbra un escenario profundamente complicado. Todos aquellos con los que en los últimos años estableció una estrecha relación están entre a la baja, en la cárcel o cerca de ella.

No entendió el proceso de cambio y, sobre todo, dejó pasar la gran cantidad de irregularidades que bien pudo conocer de lo que pasaba en Pemex. Permitió que su entorno se volviera mediático convirtiendo su liderazgo en una especie de relaciones públicas con el poder político, a lo que se sumó la lamentable exposición pública de su familia que de manera burda mostraba su riqueza, la cual todo indica que fue construyendo a partir de que fue colocado al frente del sindicato de Pemex.

Está claro que para el Presidente la empresa productiva del Estado es al mismo tiempo la posibilidad del crecimiento económico, pero, sobre todo, la considera un símbolo fundamental para el país y para su administración. Da la impresión que con Pemex recupera una parte que considera luminosa del pasado del país.

Con la salida de Romero Deschamps el Gobierno cierra uno de sus pendientes en busca del control de Pemex. No hay duda que es de suma importancia quién será el próximo líder en el sindicato petrolero, pero sea quien sea, ya sabe a lo que se atiene y hasta dónde sí y hasta dónde no.

RESQUICIOS.

El Veracruz peor no la ha podido pasar desde hace tiempo, nos referimos, que quede claro, al futbol. Ha vivido entre dueños y dirigentes que son una facha. Quienes han venido padeciendo todo esto son los jugadores y la aguantadora afición. Uno esperaría que ante lo que está pasando todos los futbolistas fueran solidarios y no salieran a la cancha este fin de semana; es lo menos.