Esta es un reseña propia al estilo de ID, “Investigation Discovery”, comenzó a principios de los años 70s.

Tamaulipas había pasado por la conocida fiebre del algodón, época de aumento de muchos capitales gracias a la visión mundial de algunos de sus habitantes, quienes vieron no solo la oportunidad que se les presentaba, sino que invirtieron en pesos lo que les redituaría en dólares americanos todo el esfuerzo.

Después de esa época de oro, vino el cambio de cultivos, las razones muchos la saben, las tierras de agotaron y dejaron de producir las cantidades requeridas, amén de que las prendas de vestir tomaron un giro inesperado al volcar su mercado a las fibras sintéticas.

Entonces surge el sorgo como alternativa de cultivo y el sueño de que produjera no solo el grano, sino también las riquezas de antaño.

Esto es el inicio de la descomposición del partido hegemónico en la región, los antiguos productores, ahora ricos por el algodón, se convirtieron en proveedores de semilla, de bodegas de almacenamiento y del fertilizante necesario, el mercado lo exigía y ellos tenían los recursos suficientes, el gobierno arropó, como siempre lo hace con los inversionistas y entonces surgen los hijos de los pioneros, como los gestores ante el poder central para poder conseguir descuentos, prebendas e incentivos, otorgados a fondo perdido.

Las actividades de los Juniors del algodón, hizo que vieran en la política la puerta indispensable para volver a alguna época de oro, no importaba de que fuera, pero que produjera fuentes de empleo, riqueza, bienestar y sobre todo, paz social.

En toda la entidad ellos acapararon los puestos, a veces eran los Juniors, a veces los recomendados de ellos, pero para poder acceder era necesario que alguien tuviera el derecho de picaporte, pues los liderazgos emergentes no eran bien vistos en esa época.

En el sindicalismo se refugiaban los que no tenían acceso, pero sobre todo en la congruencia, al paso corto del tiempo, los caciques de antes se fueron replegando y surgió una nueva clase política bajo las mismas siglas.

Los primeros inconformes terminaron en la cárcel, el sistema captó a los sucesores y desapareció la ideología, se confundieron las siglas y se inventaron pleitos familiares para atacar desde dentro, pero sin que se viera la mano, a los nuevos visionarios, los que veían en las masas el soporte de una sociedad más justa.

Lo que sucedió después fue el contubernio total, la mezcla del agua y el aceite que sirvió como tubo de ensayo, para contener ahí, en ese reducido espacio, todo el veneno letal de la democracia inducida, del equilibrio ficticio, de la simulación y desde luego de la falsa promesa, esa que se ofrece en venta y se compra al mejor postor.

Los líderes emergentes no alcanzaron a crecer ya más, se cerraron los espacios a ellos y se abrieron a los familiares de los políticos híbridos. Los hijos primero, después los hermanos, más tarde los socios, hasta que al final fueron las esposas las beneficiarias directas, no solo de la herencia, también de los puestos en disputa.

El partido hegemónico pasó al aceite la mala praxis, dicen que nadie aprende en cabeza propia y que se debe de tropezar aunque sea con la misma piedra.

Un magnicidio marcó el fin de la hegemonía, el odio sembrado a veces tarda 6 años en brotar, sobre todo cuando se aprende que la negociación a futuro resulta altamente productiva.

Hace unos días, leí una historia fantástica, una mujer pudiente descubrió la infidelidad de su esposo, comprobó todo; quien era la usurpadora, donde vivía y cuantos hijos tenia fuera del matrimonio y sabía que el viernes el pasaba todo el día con ella. Así que buscó la vieja pistola de su esposo y la colocó en el cajón de su propio buró para sorprender al infiel y descargar todo su odio.

Los días de angustia, investigación y llanto continuo le impidieron mantenerse despierta hasta que llegara su marido, por lo que el sueño la venció. Por la mañana vio a su esposo acostado junto a ella boca abajo y recordando su plan, abrió el buró, observo que el reloj marcaba las 8 de la mañana, sacó el revólver calibre 38 y le disparó 5 tiros en la espalda.

Con calma se dirigió al teléfono, llamó a la policía y explicó que le había disparado a su esposo por ser infiel.

No fue acusada de asesinato, pues la autopsia reveló, que su marido había muerto de un paro cardiaco a las 4 de la mañana.

Esta historia detectivesca, extrapolada a la política tamaulipeca, tal vez permita dilucidar en las próximas elecciones, que no fue EDGAR, EL ASESINO.