Entendiendo que el Gobierno está desarrollando nuevas estrategias para enfrentar la inseguridad, lo cual llevará tiempo instrumentar, no se puede pasar por alto el incremento de los problemas en diversos estados del país en la materia.

Las cosas se han agudizado de manera particularmente delicada. En Celaya, por ejemplo, se están viviendo escenarios al límite a grado tal que sus habitantes han dejado de salir por las noches; varios promotores han cancelado conciertos de música en la ciudad.

El viernes pasado fue suspendido un concierto de rock que llevaba meses organizándose. La razón de los empresarios fue que no tenían manera de garantizar la seguridad de los asistentes, a pesar de que se lo habían solicitado a las autoridades, quienes fueron las que recomendaron la cancelación.

Guanajuato se ha transformado. La paradoja es que es un estado con un muy significativo crecimiento económico, lo que ha llevado a que se eleve considerablemente la calidad de vida de sus habitantes.

Lo peor que nos ha pasado en muchas ciudades del país es que no nos ha quedado de otra que vivir con la violencia e inseguridad y, en algún sentido, acostumbrarnos. El caso de la Ciudad de México es de llamar la atención porque las autoridades pareciera que no reparan en lo que está pasando y cómo está afectando la vida de los capitalinos.

No hay día en que no haya un hecho de violencia que acabe con el precario equilibrio de las familias. Queda la impresión de que se ha perdido incluso la sensibilidad y solidaridad por parte de las autoridades.

Nadie duda que estén de manera cotidiana enfrentando el problema; sin embargo, no hay resultados que pudieran visualizar un futuro diferente. Más bien, a menudo sucede que cuando se voltea al fustigado pasado resulta que hoy las cosas se empiezan a ver peor que antes.

El Gobierno está en medio de un escenario que no tenía bien diagnosticado o que de plano pensó que las soluciones al problema estaban más a la mano.

Es definitivo que lo heredado es una losa difícil de romper. Lo que se señala es que en el discurso de campaña y del casi año de gobierno se ha planteado que las cosas se van a revertir en poco tiempo.

Cada vez se ve más complicado el ansiado proceso de transformación, no tanto por la voluntad manifiesta del Gobierno, sino por la terca realidad y quizá también por la forma en que se está abordando el problema.

Un ejemplo más lo tenemos en la forma en que actuó la autoridad en diferentes manifestaciones en la Ciudad de México. Quienes actúan violentamente tienen una suerte de permisividad para hacer lo que quieran; cuesta trabajo aceptar que un grupo de ciudadanos se convierta en garante de la seguridad y que no sean los cuerpos de seguridad, diseñados exprofeso, los encargados.

Más de alguno de los trabajadores que formaron el “cinturón de paz”, entre forzados y por voluntad propia, manifestaron su inconformidad e incomodidad por lo que vivieron en las redes.

Cerremos con lo que pasó en Aguililla, Michocán. Policías estatales fueron emboscados por integrantes del CJNG, el saldo al momento es de 13 personas muertas. La zona donde se llevó a cabo el atentado es la llamada tierra caliente, lugar en que no han cambiado las cosas desde hace al menos 10 años. Ayer decía el fundador de las autodefensas Hipólito Mora que los cárteles se siguen “paseando en caravanas con gente armada, da la impresión como si las autoridades estuvieran de acuerdo…” (según Sin Embargo).

Algo que por ningún motivo debe pasar es que las autoridades piensen que las cosas van cambiando cuando la terca realidad atrapa a los ciudadanos día con día.

RESQUICIOS.

En el partido de futbol entre Bulgaria e Inglaterra un grupo de aficionados búlgaros lanzaba gritos racistas cada vez que un jugador inglés, de color, tocaba la pelota. Por ello, el árbitro optó sensiblemente por parar el juego. Hoy juega la selección en el Azteca. Sobre advertencia no hay engaño.