La confusión fue total para un hecho tan importante. La semana pasada el Gobierno vivió el peor momento desde que tomó posesión.

Ante uno de los temas al que más le ha apostado vivió un serio revés. La suma de errores reconocidos dejó un saldo que no puede imputarse únicamente al pasado o a una persona. No hay duda de la herencia maldita en seguridad, pero lo que se hizo el jueves evidenció un cúmulo de problemas que pone en evidencia la estrategia en seguridad.

El intento detención de Ovidio Guzmán López no sólo fue precipitado y mal hecho, también provocó una infinidad de riesgos. Reiteremos lo que se ha dicho desde el jueves, si el objetivo era de tanta relevancia se debieron considerar las consecuencias que podría traer.

Sorprende que no se tuviera una lectura de la situación que prevalece en Culiacán, ciudad que a lo largo de décadas ha “convivido” con el narcotráfico. No había manera de imaginar que la empresa sería sencilla, sorprende la improvisación y la falta de coordinación.

La reacción contra las fuerzas de seguridad por parte de los “malandros”, en su intento de recuperar al hijo de El Chapo, si bien fue sorprendente, también debió haber sido diagnosticada con base en un trabajo de campo que debiera hacer antes de un operativo de tan alto riesgo y tanta relevancia.

Lo grave también fue dejar que la tarde transcurriera bajo el vacío informativo, la sociedad se fue informando a través de redes y medios, lo cual tiene la ventaja de poder estar al tanto en tiempo real; sin embargo, el Gobierno es quien debió tener la información de todo y comunicarla.

Cuando Alfonso Durazo y el gabinete de seguridad informaron confusamente sobre lo que había pasado, en lugar de que se tuviera por fin información precisa, queda claro que como estaban las cosas, no era sencillo tranquilizar a nadie, éstas se vinieron a incrementar.

No quedó claro en medio del temor y angustia ciudadana casi nada y menos si Ovidio Guzmán había sido detenido. Circularon fotografías del personaje en que se supone estaba ya detenido, hecho que al día siguiente fue negado por el titular de la Sedena, “formalmente no hubo detención”.

No tiene sentido colocar la inevitable decisión de soltar a Ovidio como un triunfo o algo parecido. La “tranquilidad espiritual” puede tener que ver con lo que se evitó, pero en el fondo queda en el ánimo de la sociedad algo así como una derrota moral que coloca a la delincuencia organizada por encima del Estado.

No está claro, por lo pronto, cuáles pueden ser las consecuencias de la estrategia fallida. Va quedando claro que la decisión tomada acabó por ser la de menor riesgo, al tiempo que subyace desde donde se vea el sentido de debilidad, incapacidad y derrota.

El antecedente puede ser de consecuencias. Los delincuentes encontraron la forma de enfrentar a los cuerpos de seguridad en la medida en que tienen el control de la plaza. Ellos saben mejor que nadie cómo moverse y dónde pegar y cómo defenderse en caso de ser atacados.

La vida en Culiacán y en el país no puede seguir como si no hubiera pasado nada. La política y la lógica están llevando a la suma de apoyos y solidaridad con el Presidente, pero en el fondo no se puede soslayar ni esconder el fracaso.

Una cuestión fundamental en la tarde de perros es como resarcir la vida y la confianza en el país y sobre todo en Culiacán. La popularidad presidencial difícilmente bajará, pero el antecedente no hay manera de que se omita u olvide.

Fue una tarde de perros en que los únicos que estaban preparados para enfrentarla eran los “malandros”, a pesar de que suponemos que si alguien sabría qué hacer ante un escenario de esta naturaleza era la autoridad; ya vimos que no.

RESQUICIOS.

El abrumador control de la televisión y los dueños de los equipos de futbol tiene a los jugadores sometidos. Este fin de semana vimos de todo hasta un gran equipo que pasó lamentablemente por alto el juego limpio y la solidaridad entre colegas.