De lo más riesgoso y delicado que produce la violencia, que por momentos parece generalizada, es la pérdida de esperanza para revertirla.

No hay día en que no seamos parte o testigos de ella a lo que se van sumando diagnósticos que evidencian la pérdida de los escasos equilibrios. Lo que está construyéndose en el imaginario colectivo es ya la “normalización” de la violencia.

Ya no hay manera de esconderla, no hay forma que le pase de largo ni a los niños, quienes han sido y son sujetos de las agresiones. Los menores son secuestrados, abusados sexualmente, intimidados y violentados en sus familias.

Desde hace tiempo estamos en procesos en los que no hay quien no esté exento de hechos violentos, ya sea cercanos o en carne propia. Desde hace tiempo hemos cambiado nuestros hábitos, ya no se trata de la nostalgia por los días en que podríamos andar por las calles caminando con seguridad o estar tranquilos en nuestras casas, hoy cambiamos nuestros hábitos para sobrevivir.

Los feminicidios nos han sacudido porque, a pesar de que la sociedad tiene conciencia de la violencia en contra de las mujeres, estos hechos vienen a ratificar descarnadamente cómo viven y mueren las mujeres en el país.

La vida de varias generaciones ha sufrido cambios dramáticos y las nuevas empiezan a crecer en medio de un entorno cargado de miedos, preocupaciones y limitaciones.

Hay en todo esto responsabilidades compartidas, pero fundamentalmente recae en los gobiernos el actual estado de las cosas. No tiene sentido señalar a la actual administración, pero sí es necesario que asuma su responsabilidad porque, paso a paso, ya lleva más de un año en el ejercicio del poder y el estado de las cosas se ha venido deteriorando aún más, a lo que se debe sumar la cada vez más riesgosa descomposición social.

La delincuencia actúa solapada por la autoridad y, en muchas ocasiones, por sus propias familias. La expansión de la descomposición está pasando por la estructura central y eje de la sociedad: la familia.

Es para atender lo que sucedió en el doloroso y triste caso de Fátima. Todo parece indicar que quien acaba denunciando a los presuntos asesinos es una conocida de ellos, lo que llama la atención es que sus argumentos ante los medios tenían que ver con un sentido de justicia sin importarle que fueran sus cercanos.

Hemos visto en innumerables ocasiones cómo las familias defienden a los suyos, a pesar de que existen evidencias contundentes de la responsabilidad de los delitos cometidos por sus cercanos.

El actual estado de las cosas y la incapacidad para enfrentarlo están acabando con nuestras precarias esperanzas. El entorno no ayuda, y algunas referencias sobre el porqué de la violencia acaban por confundir aún más las cosas.

La declaración del Presidente respecto a que “60% de los asesinados andaba en drogas o alcohol” fue interpretada por el defensor de derechos humanos, Santiago Corcuera, de manera precisa: “no dijo que los homicidas fueran los drogados, sino los que pierden la vida, los asesinados!!!!!! O sea las víctimas!!!!! El colmo de la revictimización”.

Lo expresado por el mandatario enfrenta el problema de ver parcialmente las cosas. Es colocar el consumo de droga como la agravante de la violencia, siendo que ésta aparece por una infinidad de causales, poniendo en el centro la mencionada descomposición social.

A diario se van sumando situaciones que nos van colocando a plenitud en la brutal “normalización” de la violencia.

La descomposición ya está entre nosotros; lo que no sabemos es cuáles serán las consecuencias de todo esto en el mediano y el largo plazo.

RESQUICIOS.

El TEPJF validó que Alfonso Ramírez Cuéllar sea el presidente de Morena. ¿Qué pasará ahora con el dominador partido y su exdirigente? ¿Se viene la división? ¿Ahí viene la formalización de las tribus? No se olvide que muchas y muchos se la deben a Yeidckol.