Si en la visita del Presidente a Washington sólo se va a hablar del T-MEC, se va a “agradecer” por la ayuda ante la pandemia, y hablar de beisbol, la reunión terminará siendo anticlimática.

Los equipos de los presidentes arman la agenda para que cuando se reúnan los asuntos estén “planchados”. Lo que hacen los mandatarios es firmar acuerdos y conversar sobre aquello que sólo está en ellos resolver. Ya sabremos si esta dinámica se presenta o si sólo se trata de T-MEC, “agradecimientos” y beisbol.

La agenda invariablemente está cargada; sin embargo, hay temas que son una constante, los cuales es necesario revisarlos y actualizarlos. Por lo regular se habla de narcotráfico, seguridad, remesas, fronteras, comercio y, a querer o no, de migración.

Este último asunto tiende a ser ríspido. Históricamente los presidentes mexicanos han sido entre cautelosos y “extremadamente prudentes” para abordarlo, porque está visto que con los migrantes una cosa es ser candidato y otra ser presidente.

Nos decía el fundador del Colegio de la Frontera Norte, el muy destacado especialista en temas migratorios doctor Jorge Bustamante, que no tiene registro de que en nuestro país se haya celebrado un mitin o manifestación en solidaridad o en defensa de migrantes.

Para el doctor Bustamante esto se debía, quizás se siga debiendo, a que lo que nos importa de los migrantes son las remesas y poco se atiende su vida cotidiana.

El gran trabajo lo terminan por hacer los consulados, los cuales hacen una labor admirable en medio de innumerables limitaciones, a lo que ahora hay que sumar los recortes presupuestales.

López Obrador no puede pasar por alto el tema migratorio. Está obligado a ponerlo en la mesa, porque es uno de los grandes asuntos de la relación bilateral y porque el presidente de EU ha sido particularmente grosero y déspota con ellas y ellos.

Si bien ha ido disminuyendo la migración mexicana, la vida de los connacionales en el vecino país es en muchas ocasiones una pesadilla y una ofensa al respeto de los derechos humanos. Trump no ha bajado la guardia en el tema, el fin de semana de nuevo insistió en que va a presentar un recurso legal ante la Corte para que los dreamers sean expulsados, ante la decisión del tribunal de permitirles residir en el país.

La obligación que tiene López Obrador se establece en función del estado de las cosas, pero también tiene mucho que ver con su historia personal.

En estos días diversas expresiones que el Presidente ha hecho y escrito sobre el tema, lo que incluye críticas a sus predecesores por su actitud ante los presidentes y gobiernos de EU, le han de estar resonando los oídos y suponemos es consciente de ello.

Es claro que la migración es un tema complejo en la relación bilateral y también multilateral por la migración centroamericana que pasa por México para intentar llegar a la Unión Americana.

Una de las razones por las cuales el tema se ha tensado aún más tiene que ver con la actitud de Trump. Su desprecio por la migración fue uno de sus elementos centrales en su campaña para ser presidente y pudiera intentar repetir la fórmula.

A través de ello alentó internamente campañas de odio en contra de minorías que día con día están dejando de serlo. La forma en que siguió el caso George Floyd es una arista más del racismo que rodea al mandatario.

Más allá de los riesgos que asume López Obrador, debe tener en su agenda el tema migratorio. Se lo debe a los millones de inmigrantes y se lo debe también a él mismo, como un acto de coherencia en función de su pasado.

Es un “debe” en su visita.

RESQUICIOS.

Circuló ayer que un grupo de empresarios mexicanos asistirá a la cena que Trump ofrecerá a López Obrador. Es un buen signo en función de la ríspida relación entre el sector privado y el Presidente, sin pasar por alto que algunos de la lista eran o son, ya no se sabe, parte de la “mafia del poder”.