Desde la campaña de 2016 se hablaba de que Donald Trump era no-apto para la presidencia debido a su personalidad y su historial de comportamiento. Más allá de lo malo o bueno que haya hecho económicamente, ha habido suficiente evidencia durante estos cuatro años de que el magnate supone un peligro para Estados Unidos y el mundo, y después de lo sucedido ayer en el Capitolio de Washington, queda más claro que nunca.

Jamás en la historia de la democracia más antigua había habido un ataque como el que ayer perpetraron miles de seguidores del presidente. Sobre todo nunca habíamos visto a un líder de aquel país alentar, motivar o al menos inspirar a estos fanáticos a llevar a cabo una protesta violenta que terminó en una especie de intento de golpe de Estado civil, en uno de los grandes íconos de los norteamericanos, el Congreso. Expresidentes, legisladores, grupos políticos y policiales, incluso algunos pro-Trump, así como líderes del mundo, la OTAN, entre muchos otros, condenaron los actos en el Capitolio.

Muchos de los defensores de Trump aseguraban que los dichos del presidente eran solo palabras, y que no hacían daño. “Es su estilo”, respondían a las críticas. Pero ese “estilo” y esa retórica tóxica sí tienen consecuencias directas y hacen mucho daño, tal como pudimos constatar ayer. El culto cuasi-religioso que se ha generado alrededor de este personaje, no es para tomarlo a la ligera. La forma sutil en la que Trump se comunica a través de Twitter pidiéndoles que dejen la violencia, pero añadiendo frases como “nunca olvidaremos este día”, es sumamente irresponsable, les da claves que fortalecen su actitud agresiva, y de alguna manera justifica lo sucedido en el Capitolio. Incluso algunos medios pro-Trump siguieron esa narrativa.

APUNTE SPIRITUALIS. Una de las prioridades para Biden deberá ser la unidad, sin duda, pero también reformar el sistema para que sea al menos más difícil para este tipo de individuos como Trump dañar los procesos democráticos.