El verdadero problema para Morena no son los problemas y confrontaciones internas que tengan, digamos que es parte de la vida de cualquier partido político. Su verdadero reto es cómo terminen resolviendo sus líos.

El movimiento sigue metido en una transición en que todavía no alcanza a ser en definitiva un partido político. Se han dedicado desde que López Obrador ganó la Presidencia a hacer cuentas alegres y vivir entre el autoelogio, en algunos casos la venganza, y responder a la exigencia cotidiana de la gobernabilidad.

Sigue siendo un enigma si el Presidente mete las manos en el partido, no es una duda menor. Hay signos contradictorios que mucho tienen que ver con la fidelidad y seguimiento al Presidente, por lo que pareciera que no hay necesidad de que ande tirando línea. Las principales cabezas de Morena buscan sistemáticamente tratar de leerlo y atenderlo, a lo que se suma que es referente único.

A menudo pareciera que de lo que se trata es sólo de atender al Presidente, lo cual como partido en el poder tiene cierta lógica. El problema está también en cómo lo ven e interpretan; hace pocos días salieron con que “se equivocan quienes se creen más listos que el Presidente”.

A Morena le está costando trabajo ser partido. El proceso vertiginoso que se vivió desde 2015 no le ha permitido hacer un alto en el camino para pensarse por dentro. La cotidianidad lo ha envuelto en una dinámica en que todo termina por ser urgente en el aquí y ahora y poco o nada piensan en el mediano y largo plazos.

Es fundamental asumir que el proyecto debe ser de largo aliento y que lo que hoy se ha hecho es un primer paso. La consolidación no se puede sólo circunscribir al Presidente.

La dependencia hacia López Obrador es hasta entendible. Sin embargo, lo que no se puede perder de vista es que la opción que le da sentido a Morena tiene que ver con la trascendencia que puede adquirir como movimiento social y como partido.

Una organización partidaria monolítica y vertical rompería de tajo con lo que aseguran que son, invariablemente presumen ser diferentes al fustigado pasado. La elección por la presidencia del partido los puede llevar a la pérdida de la precaria cohesión interna.

Morena está conformado por diferentes corrientes las cuales están peleando el control del partido, lo que puede llevar a escenarios fuera de control e impredecibles.

Da la impresión que López Obrador se ha percatado de ello. No es casual que hace algunos días haya dicho que si no se ponen de acuerdo para la elección en el partido se haría a un lado, en una suerte de “ahí se ven”.

Morena sigue viviendo del tsunami electoral y también de la existencia de una oposición errática que no alcanza a atinar el mínimo para reorganizarse. Un buen número de debates y discusiones en las cámaras muestra la debilidad de la oposición, a la cual queda la impresión que hasta las ideas se les han acabado.

En el caso del PRI parece que las muchas cuentas pendientes legales que tienen lo han orillado a que materialmente desaparezca de las cámaras; a lo mejor asumen aquello de que “calladito me veo más bonito”.

Morena tiene que organizar la casa. Quizá hoy no se alcancen a apreciar las consecuencias que puede traer un caso como el de BC. La actitud, el empecinamiento y el lamentable “ya supérenlo” por parte de Jaime Bonilla, coloca al partido en tesituras delicadas y evitables. En Morena estuvo reflexionar y frenar las ansias evidentes de su candidato.

El caso, en algún sentido, dividió al partido, más que por razones de interpretación de la ley por la lucha de posiciones de cara a la elección interna.

Si Morena se quiere ver a futuro más vale que pongan los cimientos.

RESQUICIOS.

Otro invitado a la mesa que más aplauda ya está en la mira, se podría decir que desde hace tiempo ya lo estaba, Romero Deschamps está en turno. Por principio deberían preguntarle a los trabajadores de Pemex qué piensan y qué quieren.