Estos días han sido azarosos, complicados y por encima de todo dolorosos. Han sacado lo mejor y lo peor de nosotros, pero quizá podría suceder que ante hechos tan brutales se construya una nueva forma de entender y convivir en sociedad.

Es difícil abstraerse de los comentarios de toda índole de estos días, los cuales en muchos casos más que buscar un debate profundo y propositivo terminan en descalificaciones, las cuales dejan huella entre nosotros.

No tiene sentido señalar o responsabilizar al Gobierno por las agresiones que sufren las mujeres. No lleva a ningún lado, porque circunscribe el problema a un momento concreto, perdiendo de vista que trasciende a la vida de nosotros a lo largo de milenios, como nos dijo hace algunos días la directora del Centro de Investigación y Estudios de Género de la UNAM, Ana Buquet Corleto.

Entrar en los terrenos de los señalamientos no ayuda. Estamos ante un auténtico cambio de paradigma sobre el papel de la mujer en nuestra sociedad y en el mundo, se ha echado a andar un debate que ya no tiene camino de regreso.

Es por ello que el Gobierno debe evitar meterse en peleas de callejón con quienes han venido haciendo observaciones y críticas sobre este lacerante tema. Es un momento en donde lo que importa es si bien entender y atender lo que sucede en casos concretos, es clave tener perspectiva y una lectura de las cosas para abordar el tema como parte de una problemática global e integral.

El Gobierno está en medio de la mirada crítica y acuciosa de la sociedad, y de las mujeres en particular, y al mismo tiempo está ante la oportunidad de ser el eslabón para ser factor de cambio del actual estado de las cosas.

Meterse en la controversia sobre si casos tan dolorosos como el de Fátima tienen que ver con el neoliberalismo es no tener la lectura de lo que está pasando. No porque lo que se haya vivido en los últimos años haya sido efectivamente individualista y en muchas ocasiones carente de sensibilidad y espíritu colectivo.

Lo que pasa es que estamos en medio de un todo en el que los recientes feminicidios forman parte de una forma de vida que se ha regido por la violencia, la impunidad y la ausencia de un Estado de derecho que no son nuevas ni tienen que ver sólo con lo reciente.

Paradójicamente el Gobierno está siendo señalado no necesariamente por su voluntad por atender los dolorosos escenarios que la sociedad está enfrentando, sino por la forma en la que está expresando su atención y mirada de los mismos.

El Presidente sabe que independientemente del hartazgo social de años, los ciudadanos lo votaron porque confiaban, en muchos casos siguen confiando, en que la sociedad entraría en una etapa virtuosa erradicando vicios y trampas.

La violencia de género no es un asunto que deba escatimarse metiéndolo en los terrenos de conservadores o de filias y fobias. Es un asunto que pueden convocar como muy pocos a la unidad en la sociedad. Preguntarse qué hubiera sucedido en el pasado en los gobiernos del neoliberalismo es perder el tiempo, porque los ciudadanos eligieron a López Obrador porque él tiene, o tendría, otras fórmulas para atacar profundos problemas como el de la violencia contra las mujeres.

La UNAM puede ser una de las instituciones que más pueden ayudar en este proceso. Conversando con académicas de la universidad nos planteaban lo relevante que sería convocar a un foro resolutivo sobre el tema en que se escuchen todas las voces y que le permita a la institución modernizarse en todos los sentidos, discutir el tema de género y convertirse en punta de lanza ante esta problemática nacional.

No se van a terminar nuestras diferencias, pero debemos entender que estamos metidos en uno de los problemas más graves y serios de muchos, pero muchos años.

Es ya un camino sin regreso.

RESQUICIOS.

Las tragedias y las adversidades nos han unido, quizá la lucha contra la violencia de género pueda convocarnos en medio de nuestras muchas veces saludables diferencias.