Noticias terribles como la de Fátima, y los muchos casos de feminicidios en el país, nos recuerdan lo débil que puede ser la mente humana, a pesar del enorme potencial compasivo y amoroso que también tiene. Está bien hacer un análisis político, social y económico de esta realidad, revisar las acciones e inacciones de gobiernos anteriores y del actual, reflexionar sobre la cultura mediática y popular que alienta al machismo y la insensibilidad. Pero también, además de todo lo anterior, quizá cada uno de nosotros deberíamos detenernos un poco, hacer una pausa al menos por un momento, atender y escuchar en lugar de solo hablar.

Escuchar a las mujeres que salen a protestar. ¿Qué están diciendo? No solo con sus palabras o acciones, sino con sus sentimientos. Escuchar con mucha atención su impotencia, su mensaje de frustración. Entender de verdad de dónde viene el sufrimiento, reconociéndolo, sin la necesidad de ser "heroes". Escuchar sin caer en la tentación de siempre estar dando opiniones ideológicas sobre si está bien o está mal que salgan a la calle, o que hagan pintas en las paredes. Recibir su mensaje con apertura y con afecto. Tratar de entender.

Escuchar a las niñas y adolescentes. A las que no cumplen los cánones de belleza, a las que se sienten apartadas, a las que son explotadas. Escuchar a las que se sienten presionadas a ser lo que no quieren ser, o a las que sí cumplen con el molde requerido por la sociedad pero que sufren día a día por lograrlo.

Escuchar a las mujeres que no encuentran trabajo por el solo hecho de ser mujeres, o que lo encuentran con condiciones humillantes. Atender sus sentimientos de impotencia, reconocer sus habilidades y sus debilidades en igualdad. Escuchar a las que han sido maltratadas en todos los sentidos.

APUNTE SPIRITUALIS. Pero sobre todo escuchar a nuestras madres, hermanas, esposas, hijas y a nosotros mismos, a nuestra propia actitud hacia ellas. Escuchar. Por un momento, solo escuchar.