En mi clase no estaban ellas. Ya sabíamos que no llegarían pero es diferente al momento de experimentar la ausencia real. Creí que mis alumnos de comunicación tendrían una actitud cínica, o que estarían a la defensiva. Pero no fue así. Me sorprendió gratamente encontrarme con jóvenes reflexivos, haciendo autocrítica, participando, preguntando, con apertura, con disposición.

Hablamos de los roles de género, de la masculinidad tóxica, de los peligros que una mujer enfrenta cada día solo por ser mujer, del lenguaje machista que usamos y que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta. Discutimos sobre el significado último del paro, y de lo que podemos hacer todos, cada quien desde su trinchera y desde su propia realidad, para avanzar en la equidad de género. Participaron con buena actitud, y hablaron de su propia experiencia.

“En mi casa mi mamá es machista y así nos educó, ella era incluso más machista que mi papá”, confesó uno de mis alumnos. “Yo acepto que me he expresado de manera equivocada de algunas mujeres”, dijo otro alumno. “Me afecta mucho no verlas en la universidad, sí hay algo que te mueve, que te hace pensar”, comentó otro joven. Hablamos de la importancia de escuchar más, de ser capaces de entender lo que está pasando, de ser más empáticos.

Sé que ha habido otros casos en escuelas en las que los comportamientos fueron de desafío y de burla por parte de alumnos e incluso maestros. Sé que también hubo muchos intentos por quitarle importancia al paro, o de atacarlo por razones políticas o religiosas. Pero aún ahí, en los territorios más hostiles quizá se esté plantando una semilla que después dará frutos.

APUNTE SPIRITUALIS. Yo por lo pronto me quedo con las expresiones de mis alumnos. Nunca se me van a olvidar. Sus caras tenían una profundidad reflexiva que no había visto, y que ellos mismos aceptaban sentir. Al día siguiente, el martes, las alumnas hablaron. Y los alumnos, verdaderamente atentos, escucharon.