Desde el primer día de 2020 la Organización Mundial de la Salud establece un equipo de apoyo en su sedes de todo el mundo, para gestionar la entonces incipiente situación del coronavirus. Ya para el 10 de enero se había publicado una lista de recomendaciones para la detección de casos y para el 14 advierte del riesgo de un brote más amplio. Al final del mes, el director general convoca un comité de emergencias y declara que el brote del nuevo coronavirus constituye una emergencia de importancia internacional.

Mientras tanto, el presidente Trump, concretamente el 30 de enero, afirma que todo está bajo control y que no hay de qué preocuparse. El 12 de febrero la OMS convoca un foro de investigación e innovación sobre COVID-19 con más de 400 expertos y los epidemiólogos hablan del peligro que el virus representa en el plano internacional. El 19 de febrero Trump asegura que para abril, con el clima cálido el problema se resolverá, y el 28 de febrero, Trump sigue llevando a cabo mítines masivos y culpa a los demócratas de un crear “nuevo engaño” con el coronavirus.

El 3 de marzo la OMS publica el Plan Estratégico de Preparación y Respuesta de la comunidad internacional para ayudar a los países con más necesidades y el 11 de marzo ya declara oficialmente COVID-19 como una pandemia. El día siguiente Trump sigue minimizando la emergencia y presume el bajo número de muertes en Estados Unidos “comparado con otros países”. El 13 de marzo la OMS establece el Fondo de Respuesta Solidaria contra COVID-19, y el 18 se pone en marcha el ensayo clínico “Solidaridad” para encontrar tratamientos eficaces contra el virus. Fue hasta esos días cuando Trump empieza a aceptar la seriedad del problema.

APUNTE SPIRITUALIS. Y esta semana Trump dice que la OMS ha gestionado mal la pandemia. Y le retira el financiamiento. Seguramente la OMS habrá cometido errores. Pero ¿retirarle el financiamiento? ¿Y la propia gestión de la Casa Blanca? La cronología es clara. Juzgue usted.