Lo que se esperaría en una situación de crisis global como la que vivimos hoy con la pandemia de COVID-19, es que sociedad, gobierno, iniciativa privada, partidos políticos, académicos, y grupos varios, siguiendo el liderazgo de los científicos y expertos en el plano mundial, se unieran para hacer frente al problema. Pero hoy el coronavirus llega en momentos de un radical tribalismo, acentuado por las redes sociales, que hace muy difícil la unidad total. Aquello del “enemigo común” no está funcionando como debería.

Incluso en emergencias no tan lejanas, como los ataques terroristas del 11 de septiembre en 2001, la sociedad civil fue arropada por los gobiernos, y al menos en las primeras semanas los intereses políticos, ideológicos y aún los económicos, fueron puestos a un lado. Claro, después empezaron las controversias irracionales, pero ya cuando la urgencia había sido controlada al menos en lo inmediato.

Hoy, cuando la Organización Mundial de la Salud ha calificado al coronavirus como “enemigo de la humanidad”, debería haber un consenso total por parte de la sociedad, pero no es así: tal parece que para muchos, el enemigo no es el virus, sino el grupo ideológicamente opuesto. Muchas discusiones en las redes sociales, no son científicas, sino políticas, y lo que impera no son los cuestionamientos o críticas razonables, sino la competencia exacerbada entre quienes utilizan la coyuntura para atacar a los gobiernos en turno sin reconocer nada positivo, y quienes defienden a dichos gobiernos a capa y espada, incluso cuando éstos no estén siguiendo las recomendaciones de la OMS. En eso se gasta mucha energía que se podría utilizar en acelerar la solución.

APUNTE SPIRITUALIS. Un virus nos está poniendo a prueba como humanidad. ¿Seremos capaces de priorizar los asuntos importantes? ¿Podremos ejercitar la unidad, sin tener que esperar a que el mundo se caiga a pedazos? Parece un buen momento para intentarlo.